Hace tiempo que no he podido escribir algo que me entusiasme para publicar... pero en el intertanto mi "vocación lectora" ha dado tremendos frutos -algo que me tiene muy contento- entre artículos, columnas de opinión, y especialmente libros relacionados con historia mundial, latinoamericana y chilena: oficialmente la nueva etapa de mi formación, jeje.
Como justo hoy me dieron ganas de reactivar el blog, lo hago con un artículo de Felipe Berríos (que hace rato lo escucho rayar con este tema), en el que se constata una situación que no se puede desatender en las nuevas prácticas/funcionamiento que la sociedad le exige a quienes hacen política en Chile.
Tensiones de un crecimiento desigual
Por Felipe Berríos, SJ
Suele pasar que el uniforme escolar que el adolescente había dejado de usar apenas en diciembre volviendo de vacaciones le quedará chico. Sus mamás estarán felices y orgullosas de comprobar que sus hijos han crecido y se han desarrollado. Pero también les molestará que el uniforme aún en buen estado les sea inservible y necesiten otro nuevo.
A Chile le está sucediendo un fenómeno similar al adolescente que se está desarrollando y necesita un cambio de uniforme. Como país estamos culminando una etapa de crecimiento cuyos frutos se han centrado fuertemente en priorizar coberturas básicas. Se ha aprovechado un prolongado crecimiento económico para ser riguroso en aplicar políticas públicas enfocadas a que a todos los ciudadanos puedan contar con los servicios básicos y tengan acceso a la salud, la educación, la vivienda y el trabajo.
Pero al igual que le sucede al adolescente, también al país el traje que hasta hace poco le quedaba bien hoy le queda angosto y le genera tensiones. La justicia social exige un traje nuevo que se ajuste a las actuales aspiraciones de los chilenos. Ya no son sólo deseos de los servicios básicos ni de plena cobertura, sino que ahora también son anhelos de mejor calidad de vida. Calidad en la educación, en la salud, en la vivienda y en el trabajo. Calidad en los servicios públicos, en las pensiones y en la política.
Por eso no hay que asustarse ni catalogar como algo negativo las diferentes tensiones sociales que se han visto desde hace un tiempo en Chile, y que probablemente se seguirán dando. Sería absurdo desconocerlas o descalificarlas relacionándolas directamente con violencia y desmanes. Detrás de esas tensiones sociales hay hambre de justicia y hay un país que en ciertos sectores notoriamente ha crecido, y muchos justamente aspiran a que este crecimiento llegue a todos y sea un crecimiento sustentable en el tiempo
Ideal sería que esta mayor justicia social nazca de quienes tienen más, en el Parlamento o en un país mayoritariamente católico sean impulsadas por lo que doctrinalmente enseña la Iglesia en sus encíclicas sociales. Pero la historia enseña que las reivindicaciones sociales por mayor justicia se han tenido que obtener por la unión de los trabajadores y con las presiones sociales en las calles. Pensar que los conflictos sociales los provocan agitadores sería cerrar los ojos a la realidad de sus demandas. Es injusto confundir a los legítimos líderes de movimientos sociales que buscan mayor justicia social con "agitadores sociales". Pues si fueran sólo eso no serían capaces de crear y mantener los movimientos sociales. Un simple fósforo no es capaz de crear un incendio, es necesario que exista combustible. Y el combustible social de Chile es la irritante desigualdad social.
Por todas partes son muchas las señales que muestran que el país se ha puesto "el pantalón largo" del desarrollo. Pero otras señales muestran que hay un vasto sector de la sociedad que también ha ayudado a que el país crezca, y sin embargo sigue con un traje muy ajustado, para muchos angustiante… Esto no sólo no es ético, como nos dijo monseñor Goic, sino que se convierte además en un verdadero freno para el desarrollo del país y un caldo de cultivo para la inestabilidad social.

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