¿¿¿ Será posible resolver este tema de la pobreza si Dios no está presente…???
Rosita me cuenta que siempre sintió del Techo un aire de importancia; nadie la había considerado por muchos años, y esta institución era la única que la validaba en su calidad de persona, primeramente, y luego ante los demás. Dijo que había llegado un curita re choro que la abrazaba y le decía que se la juegue, que cuente con todo su apoyo para salir adelante, pero que la pega tiene que ser compartida. Tenía un carisma especial este curita… también me dijo que había llegado con un montón de jóvenes que al parecer tenían mucha plata y que podían dedicar sus tiempo a ayudar a resolver este tema. Lo que me dijo muy cuidadosamente era que los jóvenes parece que lo hacían de verdad y no porque no hallaban qué hacer o tuvieran tiempo, sino porque ellos se habían dado cuenta de que habían tenido oportunidades que a otros les faltaban y querían compartirlas con el corazón. Claro que nos era culpa de ellos… por eso querían ayudar.
La gente de nuestro barrio al principio no los pescaba mucho. Decía que eran puros cuicos que tenían plata y tiempo para venir a wevear acá, y que esto -para ellos- era una experiencia para contar cuando fueran viejos, que de seguro alguno diría a los cincuenta… “una vez conocí unos pobres, eran gente muy rara, igual me entretuve con ellos…” como quien cuenta que fue al zoológico y conoció un par de monos, sin desmerecer a los monos.
Durante mucho tiempo pensamos así y llegamos a la conclusión de que la discriminación es para arriba y para abajo; ellos nos discriminan por pobres y nosotros por ricos. El curita dijo que todos éramos iguales, y así se lo enseñaba a sus jóvenes. Traía ideas nuevas, que a nosotros nos acomodaban, y es más, nos hacían sentir importantes. A veces llegaba a hablarnos y nos abrazaba y nos decía muchas cosas… los jóvenes comenzaron a hacer lo mismo; se quedaban en nuestras casas, tomaban desayuno con nuestras tazas sin orejas, y revolvíamos el café con la misma cuchara chica. Cosas que parecen sin importancia, pero que para nosotros eran muy importantes… era compartir de verdad.
Debo confesar, pocas veces nos habló de Dios, pocas veces nos dijo algo del evangelio; parecía que Dios no estaba en nuestro juego, y que todo tenía que ver con la acción solidaria de unos cuantos a favor de los pobres. Poco a poco lo fuimos entendiendo.
Al parecer, su manera de ver y hacer las cosas la fue enseñando a muchos jóvenes que tomaban cartas en el asunto. Ellos también nos iban a ver, y compartían con nosotros, entretanto construíamos un par de mediaguas, un mínimo, nos ayudaron a armar algunos grupos de trabajo, jugaban con los niños, nos entregaban herramientas que habían aprendido en la universidad; les creíamos.
Comenzamos a saber cosas y a interesarnos por otras… no quiero entrar en el tema de la casa; eso ya es por todos sabido.
Pasaron algunos años y el curita que llevaba esta línea de trabajo tuvo que partir a otro lugar. Se había agotado de salir tanto en la tele, y en los diarios, y que cada vez que se hablara de pobreza, lo invitaban a dar su opinión. Como que se había especializado en pobreza, como si la pobreza sólo fuera material de estudio, y que estudiándola se iba solucionando en el mundo.
Nosotros sabíamos que eso pasaba. Siempre aparecía gente en la tele que había hecho estudios en la universidad, de cómo resolver este tema de la pobreza; algunos gobiernos armaban comisiones con gente importante, respetada, gente muy estudiosa, muy inteligente, algunos con una gran sensibilidad, pero con un solo detalle… nunca habían sido pobres.
A nosotros esto a veces nos da hasta risa… decimos, tanto estudio, tanta cosa y a nosotros nadie nos pregunta nada, nadie nos dice cómo tenemos que ajustarnos y alargar las lucas para llegar a fin de mes, nadie nos dice todas las mentiras que tenemos que decir para corromper los métodos de algún beneficio que da la municipalidad o el gobierno, cómo tenemos que hacer para conseguir los útiles y los uniformes para que nuestros hijos puedan estudiar, cómo a veces tenemos que teñir las ropas, acortar las mangas, dar vuelta los cuellos, cocinar para dos días, dejar los zapatos pegándose toda la noche aplastados por el sillón que nos regalo una tía que se compró uno nuevo, cómo inventamos antenas para que nuestros televisores puedan agarrar la señal, cómo nuestros hijos lloran cuando los amigos no los dejan jugar en sus play stations, cómo parchamos los techos con pedazos de fonola, cómo nos ponemos bolsas de nylon en los pies para salir del campamento y no embarrarse la basta de los pantalones, cómo a veces repartimos las camas para que nadie duerma en el suelo, cómo armamos la olla común cuando no se encuentra pega… tantas otras cosas que en los estudios no salen y que el curita sabía porque nos visitaba siempre y tomaba tecito con nosotros, y comía pancito amasado con margarina, como quien estuviera en el mejor restaurant del mundo, compartiendo nuestra mesa y nuestras tazas sin orejas.
Todos nos recordamos de él, y a veces nos da nostalgia que no vuelva. Pero así son las decisiones de un hombre, se toman una vez y no se transan. Nosotros también somos así; por eso nos cuesta confiar en la gente, pero cuando nos encariñamos hacemos lo imposible por atenderlos. Ellos lo saben, los cabros del Techo que fundó el curitatecitos, con los abrazos, con la gracia de despertar y ver que tienes a un extraño durmiendo en el sillón y no te das cuenta quién es hasta que se despierta y aparece un personaje todo rubio, de ojos claros y te dice… “chuta, se me hizo tarde anoche y mejor no me fui”… entonces uno le dice… es que terminó tarde la mesa de trabajo… ¿querís café? - ¡ya!, responde él… pero tengo que irme a la universidad… la universidad, un lugar que ninguno de nosotros conoce, que a muchos nos hubiera gustado visitar, un lugar un poco exclusivo para los que tienen plata; pero que ellos nos traen a la mesa de trabajo, cada uno de ellos estudia en la universidad y nos enseña cosas que aprende por allá.
Así funciona esta institución. Casi nunca nos hablan de Dios, casi nunca nos dicen amen. Rara vez rezamos cuando comemos algo, pero si hay algo que vamos compartiendo, es que todos somos iguales, sólo que a algunos les llegó la oportunidad y a otros no, pero ellos nos traen parte de sus oportunidades y nosotros las agradecemos.
A veces cuando nos reunimos entre los vecinos nos damos cuenta de lo importante que somos; a veces nos entendemos con solo un par de palabras, cosas sencillas, poco rebuscadas, nos organizamos bien, de acuerdo a lo que vayamos necesitando, nada complicado, cosas que el curita supo descubrir, disfrutar, compartir y valorar.
¿¿¿ Será posible resolver este tema de la pobreza si Dios no está presente…???
A veces no viene directamente, pero envía a sus mejores soldados a decirnos cómo partir el invento. Lo demás, con harto empeño, sale solito.